Domingo, 20 Enero 2013 06:33

“La leyenda del pianista en el océano”, de Giuseppe Tornatore. Atrévete a arriesgar

Escrito por  Publicado en Películas europeas recomendadas 2018-2019

oceano

En esta película se nos cuenta la historia de un hombre llamado 1900 (sensacional como siempre Tim Roth), el cual fue abandonado siendo bebé encima de un piano a bordo del Virginian (un gran buque de pasajeros, de los que trasladaban emigrantes europeos a EE.UU. a principios del siglo XX).

 

Danny Boodman, uno de los maquinistas del barco, lo encuentra, decide adoptarlo y lo bautiza con ese nombre tan peculiar dándole el nombre del año en curso. Tras la muerte de Danny, 1900 se ocupa de las bodegas hasta que casualmente alguien descubre su gran talento con el piano, y así se convierte en el pianista oficial del barco, amenizando las veladas con su música y viendo el mundo a través de los ojos de los pasajeros, ya que él nunca ha bajado a tierra firme. Sólo hay una cosa que quizás le haga cambiar de opinión y decidirse a bajar por fin: el amor a primera vista que siente por una mujer a la que ve un día y que incluso le inspira a componer una canción. Pero, ¿lo hará?

¿Y qué tiene que ver todo esto conmigo (y con muchos de nosotros)? Pues veréis, hace un tiempo un amigo mío (psicólogo, para más señas) me hizo una especie de análisis personal que me ha quedado grabado hasta hoy: me dijo que tenía un talento y unas posibilidades enormes pero que no me atrevía a utilizarlas, que me encontraba muy seguro en mi pequeño mundo y que no me decidía nunca a salir de él, a perder un poco el control, lo cual me recomendaba encarecidamente porque según él podría conseguir prácticamente todo lo que yo quisiera. Al principio me quedé un tanto sorprendido, ya que yo nunca me lo había planteado, pero debo decir que no le faltaba razón: es verdad que me gusta tenerlo todo controlado, y cualquier paso que suponga un reto o un desafío (en definitiva, algo que no pueda controlar) me cuesta horrores. Desconfío de lo desconocido, el riesgo me asusta, aunque a la vez reconozco que es la única forma de progresar. Vamos, que me cuesta dar el paso.

 

Los paralelismos con 1900 son evidentes: ambos vivimos seguros en nuestro pequeño mundo y no nos atrevemos a abandonarlo. Él nunca ha bajado del barco porque ése es su hogar, su mundo conocido, allí nació, creció y lo tiene todo controlado, sin riesgos ni sorpresas. Como dice él, “las teclas del piano empiezan y acaban. Sabes que hay 88. Nadie puede decirte lo contrario. No son infinitas”. 1900 necesita ese tipo de control para estar tranquilo, de una forma similar a mí. Más allá del espacio concreto y conocido del buque, en tierra firme, en una ciudad, no se ve capaz de poder salir adelante: “Jesús, ¿has… has visto las calles, sólo las calles? ¡Había miles de ellas! ¿Cómo lo haces ahí abajo, cómo eliges sólo una… una mujer, una casa, un paisaje que mirar, una forma de morir...?”.

Su caso es más exagerado que el mío, sin duda, pero creo que sirve para ilustrar lo que quiero decir. La cuestión es que si alguna vez he salido de mi esfera de cristal, si me he decidido a arriesgar, los resultados han sido casi siempre positivos (tal y como predijo mi amigo). Quizás mi experiencia sirva para que los lectores que se encuentren en la misma situación se animen a bajar de su particular barco y se atrevan a ver qué hay en tierra firme: de verdad que suele valer la pena. Y si en algún caso no fuera así, recordad que siempre es mejor la persona que se cae y se levanta que la que nunca se ha caído.

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